Fajardo Rubio, Jorge

Apellidos: Fajardo Rubio
Nombres: Jorge
Fecha de nacimiento: 1944/01/06
Nombre de los padres: Javier Fajardo y Laura Rubio
Ciudad natal: Santiago
Lugar en la familia: Penúltimo de seis hermanos: Javier, Mario, Hilda, Laura, Jorge y Luis
Religión: No creyente
Estudios: Estudios secundarios en el colegio Miguel León Prado. Facultad de Ingeniería, Universidad de Chile
Actividad en Chile: Director de cine
Participación en Chile: Militante del partido MAPU
Situación de familia: Casado con Mónica Escobar
Hijos: Marcela y Matías
Nietos: seis, todos nacidos en Quebec
Residencia en Chile: Santiago, comuna de San Miguel y comuna de Ñuñoa
Año de llegada a Quebec: Enero de 1974
Actividad en Quebec: Cine, teatro, literatura
Residencia en Quebec: Montreal-Outremont
Retorno a Chile: No
Fecha del deceso: 2019/10/27
Ciudad del deceso: Montreal
Anexos:
Jorge Fajardo, cineasta, creador
Por Marcela Fajardo
No conozco mucho de la vida de mi papá. Es que era muy secreto, sobre todo cuando se trataba de desarrollar proyectos de películas, piezas de teatro o libros. No era de muchas palabras sino más bien de acción y sobre todo creación.
Lo que sé, es que mi abuelo paterno trabajaba en una imprenta. Era una persona exigente hacia sus hijos, pero no por mucho tiempo porque murió cuando los hijos eran chicos. Jorge solo tenía 12 años cuando murió su papá. La familia era numerosa, seis hermanos y hermanas, y como mi abuela no trabajaba, los hijos mayores tuvieron que ponerse a trabajar para ayudar a la familia y los menores, mi papá y mi tío Lucho, tuvieron que estudiar mucho, sacarse buenas notas y apoyarse en becas de excelencia. De ahí le viene a mi padre su lado exigente y perfeccionista. Hacia los otros, pero sobre todo hacia sí mismo.
La familia tenía un piano en la casa, lo que me hace pensar que el arte estuvo presente en la vida de mi padre desde chico. Pero aunque él quisiera hacer cine desde muy joven, tenía la responsabilidad hacia la familia de hacer una carrera segura. Así es que estudió ingeniería con mucho éxito, pero sin pasión.
Mi papá siempre fue apasionado. Así es que apenas se tituló de ingeniero y se puso a trabajar para un instituto del gobierno de Allende, convenció a su supervisor inmediato de financiarlo para hacer una película sobre la Isla de Pascua. Así fue toda su vida, tan apasionado y testarudo que consiguió lo que nadie se habría imaginado conseguir, todo por su cine, por su arte.
Como había conocido a mi madre entre tanto, a través de amigos de la Universidad, se fueron juntos a la Isla de Pascua, a investigar y filmar. Dos años demoró en hacer la película, pero cuando la estaban montando, vino el golpe de Estado y mis padres con sus dos hijos (mi hermano y yo) tuvieron que huir a Canadá, como muchos chilenos.
Mi padre llevó primero la vida del inmigrante que se integra lo mejor posible al nuevo país, a pesar del trauma de los proyectos frustrados y del exilio lejos de la familia y de todo lo conocido. Pero como lo dije, mi papá era apasionado y testarudo, así es que consiguió rápidamente trabajar en la Office national du film, donde realizó Jours de fer, una de las películas de la trilogía Il n’y a pas d’oubli, con dos otros realizadores chilenos.
No se quedó por mucho en la ONF. También trabajó para Daniel Bertolino, un productor que contrataba a realizadores para adaptar leyendas de todo el mundo para la televisión, con su compañía Via Le Monde. Mi padre hizo films sobre cuatro leyendas, filmadas en Argentine, Puerto Rico y Polonia, (La fille du pêcheur, La dame blanche, Fleur de fougère y Frère Gonzalo). Hizo un mediometraje para la televisión de Radio-Canadá, que ganó premios. Pero la mayor parte de su vida, hizo sus películas de manera independiente, así como sus piezas de teatro y libros.
“¿Pero por qué elegiste el arte más caro de todos?” Le pregunté yo algún día, viéndolo luchar por sus películas, en condiciones limitadas (rollos de película usados, amigos benévolos camarógrafos, actores, sonidistas…), consiguiendo financiamientos como fuera. Sonreía sin contestarme.
Fue apasionado y testarudo toda su vida. Aunque nos quisiera muchísimo a mi hermano y a mí, el cine fue su pasión, por la cual se levantaba, escribía, anotaba todo lo que veía y leía, presentaba demandas de financiamiento, convencía a la gente alrededor suyo de apoyarlo en sus proyectos. ¡Cuántas personas lo acompañaron! ¡Cuántas personas lo admiraban y apoyaban! Recuerdo una vez haber asistido por unos días a la filmación de la película La visite, en la ciudad de Quebec. TODO el equipo era voluntario. Quizás unas 30 o 40 personas que trabajaban día y noche por un mes para sacar adelante esa película. Mi papá podía mover cielo y tierra por sus películas y esa pasión era contagiosa. Pero también dejó de lado vida familiar y salud, todo para esta pasión que lo movía desde dentro y desde hacía tanto tiempo. No era una pasión fácil. El cine es caro, exigente, sobre todo para una persona tan testaruda que tiene una idea bien precisa de lo que quiere.
Con un poco más de 40 años, empezaron los primeros signos del Parkinson. De a poco le empezó a costar caminar, tanto que mi mamá decía que el cuerpo le decía que “le costaba avanzar”. Pero parecía que más el cuerpo le fallaba, más era testarudo mi papá. Y seguía adelante, yendo hasta la India donde vio al Dalai Lama, con toda la dificultad que tenía para caminar y para escribir, por los temblores de las manos. Por supuesto, allá también filmó, cámara al hombro. Resultado de ese viaje fue el largometraje Lettre à un ami que presentó en el cine Excentris.
Habría mucho que contar de las películas, de su implicación en la actualidad a través de sus películas, de su exilio que no lo dejó entrar a Chile cuando mi abuela se estaba muriendo, del libro desgarrador que escribió para ella, Votre manteau mouillé, Su abrigo mojado, del teatro… Por mi parte, no solo me quedo con su pasión y testarudez por lo que a uno lo empuja hacia adelante y lo “épanoui”, pero también su generosidad al final de su vida. Aun sin poder moverse más, ni poder hablar mucho, nunca se quejó de la enfermedad que lo tenía prisionero del cuerpo. “¿Cómo estás papá?”, le preguntábamos mi hermano y yo cuando lo visitábamos a la residencia para personas no autónomas. Y siempre contestaba “Bien”, sin más. Y nos hablaba de sus proyectos de película.
Lo llevábamos en la silla de ruedas a un café, tanto que le gustaban los cafés! Y seguía hablándonos como podía de sus proyectos. Tenía el muro del cuarto de la residencia con cartones chicos ordenados como partes de películas. Nos tenía a su amigo del alma, Philippe, a Matías y a mí sus hijos, a muchas otras personas, tipeándole textos, llenando pedidos de beca para tal y tal proyecto…
Mi papá no vivía en el pasado ni en la nostalgia. Seguía adelante como fuera. Un día, un verano, nos instalamos en la terraza de la residencia. Yo le leí el comienzo de un texto que quería escribir. Él me escuchaba, tranquilo, satisfecho, silencioso. “No sé cómo avanzar, no sé cómo haces tú para seguir”, le dije yo, preocupada. “Sigue escribiendo todos los días y no pares. No vuelvas atrás antes de haber terminado”, me respondió muy claramente.
Lo íbamos a visitar ese domingo al improvisto mi hermano y yo. Pero cuando llegamos, ya se había ido, mi papaíto piernas largas. Qué pena no haberle dicho que íbamos a visitarlo, ¿quizás nos hubiera esperado? Estaba solito en la residencia, en la sala común, frente a una ventana que daba a la ciudad soleada otoñal.
Mi papá se murió, en octubre del 2019, unos meses antes de la pandemia. Por suerte, no vivió cuando comenzó ese flagelo, que lo habría encerrado y aislado de todos. Lo encontramos en su cama, la cara en paz y relajada como nunca. Parecía en paz y por fin libre, pensé yo.
Y su pasión sigue en nosotros, los que lo conocimos de cerca y de lejos, esa pasión que nos empuja adelante.