Artigas Artigas, Teresa

Apellidos: Artigas Artigas
Nombres: Teresa
Fecha de nacimiento: 1921/06/04
Nombre de los padres: José Artigas Recivic y Rosa Artigas Johnson
Ciudad natal: Valparaíso
Lugar en la familia: Penúltima de 9 hermanos: Emilia, Inés, Olga, Santiago, José, Adriana, Alicia, Teresa y Ángela
Religión: Católica
Estudios: Liceo de Niñas de Valparaíso
Actividad en Chile: Dueña de Casa y oficial de Impuestos Internos
Participación en Chile: Presidenta del Centro de Padres del Liceo de Quilpué
Situación de familia: Casada con Raúl Del Pozo, en 1942. Viuda en 1985.
Hijos: José, Teresa, Carmen y Adriana
Nietos: Ocho, todos nacidos en Chile: Manuel Andrés, Teresa Alejandra, Ricardo, Felipe, Francisca, Rodrigo, zalo y Sebastián. Once bisnietos: Agustín, Trinidad, Violeta Y florencia, nacidos en Chile, Sofía y Joaquín, en España, y cinco nacidos en Quebec: Raphael Olivier, Jean Manuel, Hugo, Camille y Alexina.
Residencia en Chile: Viña del Mar, Quilpué, San Felipe
Año de llegada a Quebec: 1993. Otro país: Argentina, entre 1985 y 1992
Actividad en Quebec: Abuela
Participación en Quebec: Integrante del coro de dos iglesias
Residencia en Quebec: Longueuil
Retorno a Chile: No
Fecha del deceso: 2023/03/28
Ciudad del deceso: Longueuil
Anexos:
Teresa Artigas Artigas
Por Teresa Del Pozo
Conocí a mi madre a partir de 1993. Puede parecer extraño decir eso, pero esa es la fecha en la que nuestros roles cambiaron y pude verla no sólo como mi mamá, mi protectora sino como Teresa Artigas. Descubrí la mujer en todas sus facetas.
Mi madre nació en 1921, séptima entre nueve hermanos de los que solo sobrevivieron 4 mujeres, creció alegre, llena de energía y con una hermosa voz que dio placer a muchas personas en su vida. Terminó sus estudios secundarios en Valparaíso pero cuando quiso ir a la universidad, sus padres no le permitieron estudiar enfermería, como era su deseo. Se quedó entonces, al lado de su madre quien la acompañaba al piano para que cantara. Conoció a nuestro padre, Raúl del Pozo y un año después, en 1942, se casaron y en 1945 ya había sido madre de José Rafael y Rosa Teresa. Durante todos los años de matrimonio, siempre la vi cariñosa y siguiendo sin discutir, las decisiones de su marido…pero dentro de esa sumisión aparente, seguía siendo la niña inteligente, llena de ganas de hacer cosas. Casada ya, volvió a cantar, entró a la Universidad, se involucró activamente en el Centro de Padres del Liceo en el que yo y mi hermano estudiábamos y abiertamente contra la voluntad de su marido, dio el examen para ser oficial de Impuestos Internos. Cada cosa parecía disfrutarla y eso hacía que yo también lo hiciera. En 1958 llegaron de sorpresa, un par de mellizas, Carmen y Adriana, que la colmaron en su deseo de maternidad. Pronto su vida cambió porque dejó de trabajar y los dos hijos mayores partimos a la Universidad y luego nos casamos y la hicimos abuela. Cuatro nietos nacidos entre 1966 y 1971. Llegó entonces el Golpe de Estado, que ella no apoyaba, y vio partir a sus dos hijos mayores al extranjero. Fueron años de distancia, durante los cuales las cartas de 4, 6 o más páginas, nos mantuvieron unidas hasta el momento en que, ya viuda, llegó a vivir a Longueuil en 1993.
Vivió 30 años en este país que aprendió a amar y donde según ella misma dijo, empezó a comprender y a aceptar la forma moderna de vida de sus nietos. Aprendió el francés y lo hablaba bien, con lo que pudo sentirse autónoma y con su pensión, “rica”. Su gran gozo era preparar los regalos y tarjetas para cada persona querida, ocuparse de mil detalles de nuestra casa, preparar los platos que le pedíamos porque eran “sus” recetas. Hasta 2019 pasó 7 meses en Québec y 5 en Chile, era nuestra golondrina. Si yo no la recuerdo particularmente religiosa, con el tiempo su espiritualidad fue desarrollándose, sin que por eso tratara de imponer sus ideas. En un momento dado, en un paseo de la iglesia, alguien la escuchó cantar y la invitó al Coro que cantaba cada domingo. Fue abrir la puerta a un espacio de vida propio, que todos disfrutamos escuchando sus anécdotas y yendo a los conciertos.
Pero todavía yo no la conocía totalmente.
En 2019, en mayo, sufrió una caída que la dejó limitada físicamente. Fueron meses de dolor y de convalecencia y, lo peor, la nueva realidad: no podía vivir con nosotros por la estructura de la casa. Pasó unos meses en una residencia muy bonita donde la visitaba diariamente, tratando de dar un aire familiar a esa vida que no lo era. Nunca se quejó. Hasta que vino la epidemia de COVID y el encierro horroroso que llevaron a su nieta a alquilar un departamento para ellas dos. Qué duro a los 99 años adaptarse a todos esos cambios. Pero eso fue lo que vi yo en ella a lo largo de esa última etapa que vivió, gracias a su nieta, y a la presencia constante de todos sus familiares, rodeada de amor y decidida a que cada día fuera bueno. Pude entonces medir su increíble capacidad de adaptación, de aceptación incluso cuando en 2022 quedó totalmente ciega. Cada una de las limitaciones físicas que fue viviendo, las aceptó con buen humor, con esperanza, con una sonrisa para los que la ayudaban y con plena conciencia de lo que sucedía a su alrededor y consigo misma. Y así partió, rodeada de los suyos, escuchando las canciones que tanto amaba y sonriendo. Gracias por tu lección de vida, mamá.