Señoret Guevara, María Luisa


Apellidos: Señoret Guevara

Nombres: María Luisa

Fecha de nacimiento: 19200108

Nombre de los padres: Octavio Señoret Silva y Sibila Guevara Reimers

Ciudad natal: Viña del Mar

Lugar en la familia: Tercera de cinco hermanos: Margarita, Sibila, María Luisa, Raquel y Octavio

Religión: Atea

Estudios: Derecho y Bellas artes, en la Universidad de Chile. Estudios de arte en Europa y Estados Unidos. Becada por la OEA para estudiar en la Universidad de Iowa, Estados Unidos

Actividad en Chile: Profesora de arte en la Escuela experimental de actividad artística, crítica de arte en el diario La Nación. Diversas exposiciones de su producción pictórica

Participación en Chile: Consejera en el Museo de Bellas artes

Situación de familia: Casada con Armando Mallet en 1943 y con Enrique Lafourcade en 1953

Hijos: Tres hijos: Marilú, Dominique y Octavio

Nietos: Siete, dos nacidos en España y los otros en Quebec

Año de llegada a Quebec: Junio de 1974

Actividad en Quebec: Profesora de arte en el colegio Vanier. Numerosas exposiciones de su obra en Canadá, Estados Unidos y Chile. Autora de un libro de cuentos, publicado en 2020

Residencia en Quebec: Montreal-Outremont

Retorno a Chile: No

Fecha del deceso: 20110711

Ciudad del deceso: Montreal

Anexos:

María Luisa Señoret

Por Dominique Lafourcade Señoret

María Luisa Señoret Guevara, mi madre, fue una pintora e intelectual que dedicó su vida a la creación artística y la enseñanza.   Nació en Viña del Mar en 1920, en una familia muy influyente y próspera.  Su padre, Octavio Señoret Silva, era abogado y político, militaba en el Partido Radical, su abuelo paterno,  Manuel Señoret Astaburuaga, era un héroe de la Marina de guerra chilena,  su abuelo materno, Luis Guevara Arias,  un acaudalado industrial textil.  Eran cinco hermanos, cuatro mujeres y un varón, ella era la tercera. Tenía 24 tías y tíos, hijos legítimos de sus dos abuelas, todos muy bien situados, que vivían en Chile, en Francia, en Inglaterra y en USA y casi 80 primos hermanos.  Vivió en Viña del Mar los primeros años, luego pasó un periodo en Francia donde falleció su madre.  Mi abuelo Octavio Señoret Silva, se volvió a casar con Carmen Vial Freire, nieta de Ramón Freire, nombrado Director supremo luego de la abdicación de Bernardo O’Higgins, y se trasladaron a Santiago.  Mi madre terminó la secundaria en el Liceo Manuel de Salas en 1937, era activa en las juventudes radicales, e ingresó a la Escuela de Leyes siguiendo los pasos de su padre.  Mi abuelo Octavio era Senador, y muy activo en el partido.  En 1939 lo nombraron embajador de Chile en Londres – responsable de varias delegaciones chilenas en Europa.  Mi madre interrumpió sus estudios de Derecho para irse con la familia a Inglaterra.

En Europa les tocó la segunda guerra mundial, con Londres bombardeado constantemente por la aviación alemana.  Ella logró ir a la Universidad – pero se concentraba mucho en la vida de la embajada, los refugiados que huían de las guerras: los judíos y los españoles republicanos, sobre todo.  Mi abuelo luchaba por proteger los intereses de Chile como país neutral.  Falleció en marzo del 41, súbitamente, de una enfermedad que lo liquidó en pocas semanas.  Exactamente que fue no está claro, su mujer intentó llevárselo a una clínica en Suiza, pero falleció en el camino, en Lisboa.  Fue un segundo golpe muy fuerte para mi madre, a los 20 años.  A los 10 años había fallecido su madre, Sibila Guevara Reimers.

Volvieron a Chile con su padre en el ataúd.  Dos de sus hermanas se quedaron en Europa, ya que se habían casado.  María Luisa era menor de edad, su tutor fue Nicanor Señoret Silva, hermano de mi abuelo.  Volvió a los estudios en la escuela de derecho, y en 1943 se casó con Armando Mallet Simonetti, abogado y militante Socialista. En 1946 se graduó como abogado. De su matrimonio nació una hija, Marilú.

Al terminar los estudios, ya había visto mucho lo que era la vida cómo abogado y político, ya sabía que no le apasionaba.    Decidió dar un viraje entrando a la escuela de Bellas Artes, luego usando su herencia para ir a estudiar a Paris (Académie de la Grande Chaumière) donde estuvo un año dejando a marido e hija en Chile, luego a Florencia – esta vez con su hija Marilú – donde pasó otro año.  Su primera exposición individual fue en 1952, en la Galería del Pacifico.

Entre 1952 y 1953 sucedieron varias cosas, conoció a mi padre (el escritor Enrique Lafourcade), se enamoró, se separó de su primer marido, se volvió a casar, y tomó el barco con su nuevo cónyuge hacia Europa. Yo nací en Madrid, en Julio de 1954. Ya caminaba cuando volvieron a Chile, y mi hermano nació unos meses después.

Estuvo casada con mi padre hasta 1967, fue la vida de dos artistas luchando por abrirse camino como tales, con muchas vicisitudes económicas.  Mi padre tenía 26 años, sin fortuna, ni títulos, pero sí muchas ambiciones y energía cuando se casaron.  La separación, 14 años más tarde, fue un duro golpe, sobre todo para mi madre.

María Luisa no era militante, pero sí tenía convicciones políticas definidas.  Era parte de la familia radical por su padre, y de la socialista por Armando Mallet.  Apoyó a Salvador Allende en todas las candidaturas que tuvo, y le unía una amistad con la familia que databa de la época con Armando Mallet.  Sin embargo, durante el gobierno de Salvador Allende sufrió enormes pérdidas económicas, causadas sobre todo por las devaluaciones de la moneda y la inflación.  En cambio, fue un periodo profesionalmente muy activo, colaboraba en varias publicaciones, trabajaba en el Museo de Bellas Artes, pintaba y exponía.

El día del golpe, estábamos juntas en un departamento que alquilaba en Carlos Antúnez con Providencia, en Santiago.  Nos despertamos con los aviones de guerra que iban camino a bombardear La Moneda.  El teléfono estaba sobrecargado de llamadas, no daba tono de marcar.  Mi madre me dijo que empacara porque nos íbamos – había que salir de Santiago centro – intentaríamos ir a casa de mi hermana Marilú en El Arrayán.  Empaqué unas pocas cosas, y salimos en el auto de mi madre camino al Barrio alto, en la precordillera.  Los puentes del Mapocho estaban todos bloqueados por militares, en ese momento me di cuenta de que la cosa era grave, subimos por Apoquindo y Av. Las Condes.

Nunca volvimos a ese departamento, estuvimos 3 días encerrados (a causa del toque de queda) con mi hermana Marilú y su pareja en El Arrayán.  Nos quedamos en esa casa hasta salir de Chile.  Mi hermana se asiló cuando levantaron el toque de queda.  Los militares sacaron un decreto pidiendo denuncias a la población, y muchos aprovecharon de denunciar según sus conveniencias.  Por ejemplo, a mi madre la denunciaron cómo fabricante de armas.  Mi madre tenía muchísimo más miedo y convicción que yo de la absoluta necesidad de salir de Chile lo antes posible, y “no pasar ni un minuto en manos de militares”.  Vendió el auto para pagar los pasajes mío, de mi hermano y el de ella, a Canadá, porque ahí había conseguido asilo mi hermana.  Y tuvo que hacer todo tipo de malabares con influencias para conseguir los permisos de salida, mi hermano y yo éramos menores por lo cual era necesario una autorización del padre, que no estaba en Chile.

Salimos el 4 de enero de 1974 del aeropuerto de Pudahuel, pero a última hora mi hermano Octavio decidió quedarse en Chile. Solo meses más tarde se reunió con nosotros en Montreal. El aterrizaje en Lima lo sentimos cómo la liberación.  Yo seguí viaje a California a casa de mi tía, había conseguido una visa de estudiante.  Al separarnos en Lima, mi madre repartió el dinero que tenía: 900 dólares – me dio 150.  Ella estuvo el resto del 74 haciendo trámites para conseguir visa a Canadá, la acogieron familia y colegas solidarios en Lima, Puerto Rico, y Nueva York hasta que llegó a Montreal a finales del 74.  Estuvo trabajando en talleres de grabado en todos esos sitios, vendiendo sus trabajos, y viviendo de lo que producían las ventas.

Montreal fue un nuevo comienzo, lleno de esperanza y buenos augurios.  No sólo quedaba atrás la dictadura y el golpe de estado, sino muchos rasgos negativos de la mentalidad chilena,  donde las mujeres y las calificaciones valían poco, o en todo caso mucho menos que en Canadá.  En la búsqueda de trabajo, se dio cuenta que su mayor desventaja era la edad, y que sus ventajas eran muchas: los idiomas, los títulos, la competencia profesional y la experiencia de trabajo.   Consiguió trabajo cómo profesora de arte en el Vanier College a pocos meses de llegar, y trabajó allí más de 20 años, hasta jubilar a los 78.

Mi madre llegó a los 54 años a Canadá. Quebec, Montreal y vivió allí hasta su muerte 36 años más tarde.  Su nuevo país le quedó como un anillo al dedo, el trabajo que amaba estaba bien pagado, le reconocían sus competencias, le financiaban sus iniciativas, las reglas y las leyes eran claras y trasparentes.  A poco de llegar logró tener casa propia, ayudar a sus hijos, y tener un núcleo de familia y amigos a su alrededor.  Organizó exposiciones, individuales y de grupo, incluyendo “Taller Latinoamericano” en 1975 en el Saidye Bronfman Centre, en solidaridad con la causa chilena.  Nunca consideró volver a Chile.  Lo que más la sorprendía era que su nuevo país, donde no tenía historia familiar, ni las influencias que tenía en Chile, la reconocía y recompensaba tanto más que su país de origen.